Purpurina escribe #5: ¿Cómo elegía qué escribir?

Hace unos días me encontré explorando las carpetas más recónditas de mi disco duro portátil, un cuadradito rosado que me obsequió uno de mis hermanos y se ha convertido, con el tiempo, en mi armario digital. Ahí guardo todos los archivos que he dejado de utilizar y sólo están ocupando espacio en mi portátil.

Es de esperarse que también vayan a dar los archivos de los relatos y novelas que ya he finalizado o no planeo retomar pronto.

¿Cómo diferencio un escrito finalizado de uno sin concluir? El título del documento va acompañado de: “FINALIZADA”, “SIN EDITAR”, “FINALIZADA EDITADA”. Las que están en espera de su punto final tienen cosas como “ESCRIBIR SIGUIENTE YA” o “NO ME DEJES ABANDONADA”. En múltiples ocasiones sólo alcanzo a ver una palabra, así que no entiendo por qué no pongo algo más corto en la segunda categoría.

En fin, este Purpurina escribe no es de etiquetas, sino cómo surgieron específicamente las tres novelas que vieron su inicio y final en Wattpad y el problema que tuve posteriormente con ellas.

Antes de que la Nación del Fuego atacara, es decir, mucho antes de perder la inspiración hace un año y pico, mi motivación y velocidad al momento de escribir era todo lo que hoy podría desear. Elegir un tema o situación para explorar me costaba trabajo, así que no era extraño que en una misma tarde empezara tres relatos distintos. Aunque escribía un poco de todo, mi constancia al final terminaba por flaquear, al igual que el entusiasmo que tenía por escribir determinada historia.

Dejaba todo, el 95% mínimo. Ya saben, quien mucho abarca poco aprieta.

Por otro lado, el 5% sí llegué a terminarlo. Y tiene un motivo en específico. Estos proyectos surgieron a partir de una observación en el comportamiento de los lectores, ¿qué era lo que parecía que más les atraía? ¿Qué enganchaba? ¿Cómo reaccionarían ante tal situación? Yo formulaba esta teoría y escribía una historia en torno a ella, metiendo otros temas y momentos que de otra forma tendrían su propia historia.

No me importaba si eran cosas muy cliché, de hecho, en una ocasión quise escribir con elementos “cliché” para medir determinados puntos específicos que no recuerdo. De la misma forma ignoraba ese gusanito de la molestia que me empezaba a molestar cuando la trama comenzaba a ir por un camino que jamás elegiría por el conflicto en la moral y los valores que yo decía proteger. Esto se presentaba cuando la historia ya se tornaba más dramática y estaba escrita más de la mitad del producto final, así que básicamente seguía escribiendo para llegar al epílogo y así ver el resultado de mi “experimento”.

Dos de ellos fueron un éxito, sobre todo el primer experimento, antes de retirarla el pasado primero de junio tenía poco más de 2.7 millones de leídas. El que venga de Wattpad es probable que sepa cuál es si la nombro. Esa fue “Piedra, papel o beso”, la otra pasó del medio millón y me refiero a “Soy tu cliché personal”.

La segunda fue mi último experimento en forma. Terminarla fue un suplicio. Iba totalmente en contra de mí. ¿Cómo pudo terminar la historia en un área demasiado gris? ¿Cómo permití que escribir se convirtiera en algo doloroso? Varias veces olvidé que era un experimento, que no era obligación escribir y me centré en darle al lector lo que quería, aunque pasara por encima de otras cosas.

Dios, gran error. Uno debe escribir primero para sí mismo, después para el resto. Narrar historias ad hoc con su escala de valores y con lo que se sienta cómodo. Estas novelas que menciono no seguían los puntos.

Quise editarlas, pero era demasiado trabajo y tiempo jamás he tenido. Las eliminé dos o tres veces antes de poner mis deseos por encima de los pedidos del lector. Querían leerlas, unas decían que la amaban. Yo sólo veía (y sigo viendo) errores en el comportamiento de mis personajes, errores que yo escribí y me dan de golpes. Por supuesto que no son modelos que yo promuevo y no queda claro ese detalle.

Dejé los experimentos a un lado por la paz. No tardé en encontrarme de nuevo en el mismo problema de antes: empezar mil cosas, terminar cero. Así estuve un buen rato hasta encontrar un nuevo mecanismo.

Bueno, ¿y ahora cómo le hago? Es sencillo, cuando tengo fuerza de voluntad, claro. Escribo todo lo que tenga necesidad de contar en documentos aislados, pero sin intención de empezar justo en ese instante. Dejo remojar las ideas, algunas se van juntando y dos archivos se convierten en uno o reconozco que una idea no tiene sentido y la dejo por la paz. Hay novelas, como la precuela de El juego de Artemisa, que tienen un inicio formal hasta nueve meses o un año después de ser concebidas las primeras escenas.

Si los personajes siguen allí con el paso del tiempo y las ganas de contar esa historia siguen ahí, le doy luz verde. Ya no apunto a novelas de cien mil palabras, como los experimentos, sino narraciones cortas. Que eventualmente la historia tenga más que contar es algo muy distinto, pero al menos ya reduje el número de archivos iniciados y los pocos que quedan ya tienen más carne de dónde picar.

Todos tienen una página dedicada al tema, mensaje y las características de los personajes, virtudes y defectos para hacerlos lo más humanos posible. En caso de no tener esta hoja en el archivo, está en un documento de yWriter, junto con otras descripciones, o en fichas de personaje que tengo impresas. Lo que intento es no partir con una teoría y una corta lista de situaciones que quiero incluir, sino con algo específico para transmitir.

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