Otra mirada: La luz que no puedes ver

 No estaba preparada para un libro como “La luz que no puedes ver”, tan hermoso, largo y pesado, en cuanto a carga emocional e histórica. Habré tardado alrededor de un mes en terminarlo, pero no piensen que lo leí en ese tiempo porque no me enganchaba. Al contrario, el libro me gustó mucho, si lo leí en un mes fue por las ganas de hacer que dure hasta el último segundo posible, porque puedo releerlo el número de veces que quiera, sin embargo, la sensación de leer algo por primera vez no regresa.

En un inicio viajamos a dos latitudes distintas, una Francia ajena a su infortunado futuro y una ciudad minera de la Alemania nazi. Las circunstancias en las que conocemos sus rincones no pueden ser más distintas.

Conocemos París a través de Marie-Laure, una niña que vive con su padre, el encargado de custodiar las llaves (cientos de miles) del Museo de Historia Natural. Después de quedar ciega a temprana edad por una condición  genética, vemos en su padre un gran amor por ella y el deseo de que sea independiente, pues, con mucha dedicación, le construye un modelo a escala de la zona en la que viven para que ella pueda memorizar las calles y los objetos usuales. Posteriormente, con la invasión nazi, se ven obligados a huir a la ciudad amurallada de Saint-Malo.

 A kilómetros de distancia se encuentra Werner (Verner, por favor), un huérfano que se ve envuelto en el encanto de reparar aparatos, como las radios, talento que no pasa desapercibido en un rincón minero, y le da la oportunidad de pertenecer a las Juventudes Hitlerianas. Conforme pasan las páginas nos damos cuenta del destino de Werner,  seguir al ejército a través de Europa hasta terminar en Saint-Malo.

Una vez más me encuentro con un libro ubicado en la Segunda Guerra Mundial, evento que el escritor retrata de una manera tan realista y poética en tantas ocasiones que pierdo la cuenta. He leído libros ubicados en Inglaterra,  Estados Unidos, Alemania (estos nunca faltan) e incluso Rusia, siendo este “The Bronze Horseman”, el primero en enseñarme una perspectiva distinta de la guerra. Ya no era el básico sufrimiento del judío o el alemán en la guerra, ni batallas o intrigas de espionaje. Suena feo, pero es mi pedazo de la verdad. Ansiaba otro libro así, que me enseñara cosas nuevas y lo encontré con “La luz que no puedes ver”.

 ¿Cómo era la vida en París antes de la invasión? ¿Qué sucedió después? Lo puedo leer en un libro de texto y estaré enterada, tendré el conocimiento… pero leerlo en una novela —ver el antes y el después— me puso la piel de gallina en muchas ocasiones. Escuché las bombas, las órdenes, las risas, el sufrimiento, los sueños de los chicos… Doerr le da voz y retumba con fuerza.

Es impresionante las dificultades por las que pasan, los retos que enfrenta Marie-Laure al estar ciega y tener que aprender nuevamente a moverse en un mundo que ya conocía. Su fortaleza inquebrantable, su optimismo y cariño… el ingenio de la chiquita, ¡wow! Me dejó sin palabras. Te enseña a ver el mundo de otra forma auténticamente de la forma en que Marie-Laure percibía su alrededor y encuentro una belleza en ello que algunos podrán llamar “extraña”, no ve colores, pero se imagina y sus sentidos se agudizaron, como al lector le sucede. Con Marie-Laure aprendes a que todo obstáculo se puede brincar.

 Werner no se queda atrás. Con su tremenda inteligencia y facilidad para arreglar las radios, encuentra un espacio donde puede resaltar hasta llamar la atención de los alemanes. En su línea argumental vemos un intercambio de cartas entre su hermana menor y él. Las cartas que él manda llegan a ser censuradas casi por completo y sólo me dejó pensando, ¿qué tanto sucedía en esos colegios militares y no sabemos porque en un momento toda la información llegó a ser censurada? Lo mismo sucede hoy, pero en contextos distintos.

 Con Werner vemos el crecimiento de un niño hasta convertirse en un soldado, pasamos por las distintas etapas del adoctrinamiento nazi, aunque en el fondo el niño huérfano que escuchaba programas de radio sigue allí.

 Hay que tomar en cuenta que sus caminos no se encuentran de inmediato, así que… favor de no soltar el libro o decidir evitar la lectura por este motivo. Conocer de dónde vienen y quiénes son le da un sabor muy distinto, agridulce, al final que cada uno debe enfrentar.

 Es duro, la situación es pesada y tiene un ritmo pausado, casi hecho para saborearlo y sufrir con lentitud al mismo tiempo, sin embargo, “La luz que no puedes ver” es de esas lecturas que se quedarán por siempre en mí. Lo veo en mi estante y no puedo evitar pensar en la magnífica elección que fue rescatarlo de mi estante.

 Algún día, lo volveré a leer. Lo prometo.

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