Hablemos de “El laberinto del fauno”

Ofelia: Mi nombre es Ofelia. ¿Quién eres tú?

Fauno: Yo-yo he tenido tantos nombres… Nombres viejos que sólo pueden pronunciar el viento y los árboles. Yo soy el monte, el bosque y la tierra… soy un fauno.

¿Cuántas veces hemos realizado la misma pregunta o una similar? Cientas, somos como Ofelia, conocemos gente,
preguntamos quién es, pero… ¿cuántas ha ido dirigida a un fauno? ¿A un ser fantástico? Oh, claro está, lo más cerca que estaremos a tal suceso extraordinario será en nuestros sueños. Y bueno, ¿por qué empezar con esta quote tan random? Tengo una par de respuestas: de una pregunta sale otra más interesante y, la segunda, desconozco cómo empezar ésto. Se una u otra la respuesta, daré inicio…

¿A quién se le ocurrió este intercambio de palabras? ¿Qué mente tejió una trama como la presentada en “El laberinto
del fauno”, aclamada por la crítica y refrendado por los premios que recibió? El responsable fue el director de origen tapatío, Guillermo del Toro, nacido el 9 de octubre de 1964, en Guadalajara, donde fue criado por su abuela católica.

La película es protagonizada por Ofelia… y cuidado que ésto tiene spoilers.

Nos ubicamos en 1944, cinco años han pasado desde el final de la guerra civil española, sin embargo, continúan los pequeños grupos de refugiados en los montes. El Capitán Vidal se encarga de la zona, de acabar con los grupitos, y es el nuevo esposo de la madre de Ofelia, Carmen.

Madre e hija se dirigen al cuartel para vivir, finalmente, con el nuevo padre de la familia, que no es del agrado de Ofelia ni éste tiene especial interés por su hijastra. Ella, tan soñadora e inocente como cualquier niño, muestra desde las primeras escenas un gusto por los cuentos de hada, incluso llega a preguntar por ellas.

Con las simples descripciones de Del Toro y los diálogos de los militares, se puede armar un ambiente pesado, con un control basado en el terror infundido por el capitán, quien no se tienta el corazón para castigar a nadie, como ya veremos en la película.

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Nosotros, los lectores, también tenemos derechos

El pasado 11 de marzo, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Yucatán (FILEY), Benito Taibo presentó su libro “Corazonadas” con una charla amena donde habló de la importancia de la lectura, de la necesidad de no caer en etiquetas —como la literatura juvenil— y de los derechos del lector.

Me llevé a casa un par de nuevos conocimientos y recordatorios que me dejaron pensando, entre los cuales se puede encontrar en mi cabeza un apartado titulado “Los derechos del lector”. Se trata de un término que ya había escuchado en el pasado, pero desconocía su procedencia y sólo tenía una breve idea —descripciones cortititas— de qué eran esos derechos, esta última cuestión quedó solucionada, sin embargo, no quedé satisfecha. No sólo quería saber eso, sino quién los puso sobre la mesa, cuándo y dónde.

Tardé más en encontrar un espacio para investigar que en hallar mi respuesta.

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Fue el escritor francés Daniel Pennac quien enlistó los diez derechos —¿algún intento de comparación con los Diez Mandamientos o sólo soy yo?— dentro de su libro “Como una novela”, publicada en 1992. Los comparto:

1) El derecho a no leer. 

2) El derecho a saltarnos páginas.

3) El derecho a no terminar un libro.

4) El derecho a releer.

5) El derecho a leer cualquier cosa.

6) El derecho al bovarismo.

7) El derecho a leer en cualquier sitio.

8) El derecho a hojear.

9) El derecho a leer en voz alta.

10) El derecho a callarnos.

 Está de más recalcar que éstos son válidos únicamente para los lectores consumados, algunos aplicarían —a mi opinión, cada quién puede tener su postura— a aquellos que se quieran acercar a los libros. Mostrar todo

A nosotros, the fools who dream

—¡Ya pasaron meses! —dijo la rana.

—¡Ya fueron los Oscar! —comentó la iguana.

—¡Llegaste tarde! —agregó el tiempo.

Podría respaldarme detrás de esa famosa frase de Clarisse Renaldi, Reina de Genovia, que dice “Una reina nunca llega tarde, los demás siempre llegan antes”, pero sería demasiado pretencioso de mi parte. He venido retrasando esta entrada ya bastante tiempo, por las tareas de la universidad, porque no encontraba las palabras para expresarme —hecho que sucede bastante seguido— y otras veinte mil razones que me puedo sacar de la manga. Al final, la realidad es que estoy tarde y tengo que sufrir con las consecuencias… que no hay, salvo en mi cabeza.

Todo está en la cabeza, mínimo los aspectos subjetivos, emocionales, etc. de la vida. “Todo es psicológico” diría un conocido —hola, estoy hablando de ti. Espero te guste este pedacito de mi mente—, pero no estoy tan segura. De una cosa sí lo estoy: hay tantos gustos como cabezas, motivo por el cual cada quién tiene sus canciones favoritas. Algunos se habrán enamorado de la melodía y la letra desde el momento que la escucharon en el cine, otros pueden llamar “favorita” a esa canción que no salía de su cabeza y otros dirán que su favorita cumple con ambos puntos.

Mi favorita, sin discusión alguna, es The Fools Who Dream. Lo siento fans de City of Stars, pero no hay lugar para esa en mi corazón. No hice click con ella, es bellísima y la canto a todo pulmón, sin embargo, carece de ese espíritu que me puso la piel de chinita la primera vez que escuché The Fools Who Dream… incluso salieron mis lagrimillas.  Mostrar todo

Los libros en la mesita de noche

Mi mesita de noche es un desastre muy desorganizado. ¿Quieres galletas, tijeras, servilletas, flashcards, papel de regalo, una lámpara, un esmalte de uñas o libros? Lo puedes encontrar una vez que busques, literal. Lo único que se puede distinguir a simple vista son los libros, no sabes cuál es cuál porque sus lomos están en la dirección equivocada.

 En total son 6, de los cuales, sólo estoy leyendo uno. Entonces, me dirán, ¿qué hacen 6 libros en tu mesita de noche? Muchos entenderán que los libros se acumulan, en mi caso, además de eso, los tengo allí para no olvidarme de que tengo planes para ellos. Leyeron bien, luego se me va la onda de manera espectacular y termino haciendo cosas que no tenía en mente, como leer el libro equivocado (en el orden que ya establecí para la temporada) u omitir una reseña.

Desde hace un par de semanas se fueron acumulando los que hoy ocupan un espacio en la torrecita y estos son…

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Otra mirada: La luz que no puedes ver

 No estaba preparada para un libro como “La luz que no puedes ver”, tan hermoso, largo y pesado, en cuanto a carga emocional e histórica. Habré tardado alrededor de un mes en terminarlo, pero no piensen que lo leí en ese tiempo porque no me enganchaba. Al contrario, el libro me gustó mucho, si lo leí en un mes fue por las ganas de hacer que dure hasta el último segundo posible, porque puedo releerlo el número de veces que quiera, sin embargo, la sensación de leer algo por primera vez no regresa.

En un inicio viajamos a dos latitudes distintas, una Francia ajena a su infortunado futuro y una ciudad minera de la Alemania nazi. Las circunstancias en las que conocemos sus rincones no pueden ser más distintas.

Conocemos París a través de Marie-Laure, una niña que vive con su padre, el encargado de custodiar las llaves (cientos de miles) del Museo de Historia Natural. Después de quedar ciega a temprana edad por una condición  genética, vemos en su padre un gran amor por ella y el deseo de que sea independiente, pues, con mucha dedicación, le construye un modelo a escala de la zona en la que viven para que ella pueda memorizar las calles y los objetos usuales. Posteriormente, con la invasión nazi, se ven obligados a huir a la ciudad amurallada de Saint-Malo.

 A kilómetros de distancia se encuentra Werner (Verner, por favor), un huérfano que se ve envuelto en el encanto de reparar aparatos, como las radios, talento que no pasa desapercibido en un rincón minero, y le da la oportunidad de pertenecer a las Juventudes Hitlerianas. Conforme pasan las páginas nos damos cuenta del destino de Werner,  seguir al ejército a través de Europa hasta terminar en Saint-Malo.

Una vez más me encuentro con un libro ubicado en la Segunda Guerra Mundial, evento que el escritor retrata de una manera tan realista y poética en tantas ocasiones que pierdo la cuenta. He leído libros ubicados en Inglaterra,  Estados Unidos, Alemania (estos nunca faltan) e incluso Rusia, siendo este “The Bronze Horseman”, el primero en enseñarme una perspectiva distinta de la guerra. Ya no era el básico sufrimiento del judío o el alemán en la guerra, ni batallas o intrigas de espionaje. Suena feo, pero es mi pedazo de la verdad. Ansiaba otro libro así, que me enseñara cosas nuevas y lo encontré con “La luz que no puedes ver”.

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